El día que un laboratorio nos cambió la vida
Un control de rutina. Eso fue todo lo que hizo falta.
Fui a la ginecóloga por mi control anual ginecológico, deslizando la idea de buscar un embarazo. Me pidió un laboratorio completo, de esos que uno hace y después ni mira bien, total "está todo bien, ¿no?". Volví a buscar los resultados una semana después, con la cabeza en mil cosas.
No estaba todo bien.
La insulina, mal. Los triglicéridos, mal. Los números que ni sabía que existían hasta ese momento me estaban gritando algo que yo venía ignorando hacía años: mi cuerpo estaba al borde de la resistencia a la insulina. El camino directo a la diabetes.
La médica me lo dijo sin vueltas: o empezás a cambiar lo que comés, o vas a terminar medicándote de por vida.
Ahí no hubo drama, no hubo lágrimas en el consultorio. Hubo algo mucho más incómodo: darme cuenta de que durante años había estado comiendo sin mirar. Trabajaba muchas horas, dormía menos de 6, y la comida era lo que quedaba al final del día: cosas de paquete, mucha harina de trigo, pedidos a cualquier hora porque cocinar ya no entraba en la ecuación. Ni un minuto de culpa consciente. Simplemente así vivíamos.
Ese día entendí que había una decisión que tomar. Y la tomé: antes de una pastilla, iba a cambiar lo que ponía en el plato.
Lo que vino después no fue una dieta
Ojo con esa palabra. Porque lo que siguió no tuvo nada que ver con "dieta" en el sentido que todos conocemos —esa cosa que empieza un lunes y se abandona un mes después.
Fue un proceso de casi dos años. Al principio fui extrema: keto estricto, cero flexibilidad, extrañando cosas que ni sabía que extrañaba tanto. Hubo bajones. Hubo momentos de "esto no lo puedo sostener toda la vida". Y tenía razón: no se puede sostener la exigencia extrema. Lo que sí se puede sostener es un hábito.
De a poco fui entendiendo que el objetivo no era la restricción total, sino construir una forma de comer en casa que no necesitara fuerza de voluntad todos los días. Aprendí a leer etiquetas —a entender qué estaba comiendo de verdad, no lo que decía el packaging. Cambié las ollas de teflón. Empecé a cocinarle a mi hija sin harina de trigo ni azúcar, no porque se lo prohibiéramos afuera, sino porque en casa así era como comíamos, punto.
Y hoy, cuando tengo ganas de una pizza hecha en horno a la piedra, la como. Entera. Sin culpa, sin cálculo mental, sin que arruine nada. Porque el hábito ya está construido en el día a día de mi casa. Lo de afuera es una elección puntual, no una batalla.
Innsi nació de ahí
No de una idea de negocio abstracta. Nació de la necesidad real de encontrar —y después crear— algo rico para comer que no me devolviera al punto de partida. Algo que Walter y yo pudiéramos comer nosotros mismos, sin culpa, sin ingredientes que no supiéramos pronunciar.
No es una marca que te dice lo que no podés comer. Es la marca que armamos para seguir disfrutando de comer bien, sin que eso te cueste la salud.
Si venís acá buscando algo rico, sin azúcar ni harina de trigo, para comer todos los días sin drama, estás en el lugar correcto. Así empezamos nosotros.
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Preguntas frecuentes
¿Se puede dejar el azúcar y la harina sin hacer una dieta restrictiva? Sí. La clave no es restringir todo de golpe, sino construir un hábito sostenible en el día a día de tu casa. Con el tiempo, comer afuera o darte un gusto puntual —como una pizza— deja de ser un problema, porque la base de lo que comés todos los días ya cambió.
¿Cómo sé si tengo resistencia a la insulina? Se detecta con un análisis de sangre de rutina que mida insulina y triglicéridos, entre otros valores. Muchas veces no da síntomas visibles hasta que está avanzada, por eso conviene chequearlo en un control anual con tu médico.
¿Cuánto tiempo lleva formar el hábito de comer sin azúcar ni harina de trigo? En nuestra experiencia, alrededor de dos años para que sea un hábito estable y sin esfuerzo consciente. El proceso no es lineal: hay etapas más estrictas al principio y después se encuentra el equilibrio.